TDAH en Adultos: Síntomas Ocultos y Consecuencias Reales

Cuando pensamos en un niño con trastorno por déficit de atención e hiperactividad (TDAH), siempre se nos viene a la mente un niño que no para quieto y que se distrae con facilidad (aunque a veces eso no se corresponde con la realidad).

Sin embargo, ¿qué pasa cuando es un adulto el que tiene TDAH? Antes era algo que se desconocía y que se tendía a minimizar y a tratar el problema con un “el niño es malo”, por lo que es muy probable que si tenías TDAH, no te lo hayan diagnosticado.

TDAH en adultos

¿Qué es el TDAH?

Por definición, el TDAH es un trastorno del neurodesarrollo avalado por instituciones como el NIMH; esto quiere decir que la persona nace con él y se desarrolla en las primeras etapas de su vida, no es algo adquirido a raíz de una situación. Las características diagnósticas del trastorno incluyen dos grupos: déficit de atención y/o hiperactividad (esta a su vez se divide en hiperactividad o impulsividad).

En la primera categoría podemos encontrar que la persona se distrae fácilmente, comete errores por no estar atento, puede no escuchar cuando se le habla, no sigue instrucciones o le cuesta organizarse, pierde cosas y le supone un esfuerzo dedicarle tiempo a tareas difíciles. En el grupo de la hiperactividad-impulsividad encontramos que la persona mueve manos o pies como si jugara con ellos, no puede permanecer sentado, habla mucho, responde rápidamente sin pensar, le cuesta esperar su turno e interrumpe a los demás.

Qué son las funciones ejecutivas

Más allá de los criterios diagnósticos el TDAH supone muchas dificultades en el día a día de una persona, especialmente de un adulto. Detrás de las responsabilidades cotidianas (trabajo, facturas, llevar una casa, citas médicas, crear un proyecto…) hay una serie de capacidades cognitivas que son necesarias para ello. Estas capacidades son las funciones ejecutivas, las cuales están afectadas en las personas con TDAH.

Son habilidades cerebrales complejas que se desarrollan conforme la persona va creciendo y su corteza prefrontal se va desarrollando. De ellas depende la capacidad de llevar a cabo las actividades instrumentales de las que hablábamos antes. Algunas de las funciones ejecutivas son:

  • Memoria de trabajo: la capacidad de retener la información en la memoria el tiempo suficiente para poder transformarla.
  • Control inhibitorio: poder frenar un impulso y pensar en las consecuencias de los actos.
  • Flexibilidad cognitiva: ante un problema poder ver distintas soluciones o buscar alternativas nuevas.
  • Planificación y organización: buena gestión del tiempo y las tareas.

Otros síntomas del TDAH

Quizás lo que hemos visto hasta ahora es la cara más conocida del TDAH, pero no la única.

El perfil sensorial suele ser distinto, normalmente hipoactivado. Esto quiere decir que suelen ser personas que necesitan mucho movimiento y contacto físico para regularse. Además, suelen no tener una buena percepción de su espacio corporal por lo que es muy común que se den golpes con puertas o muebles, que tiren cosas o que den la sensación de “torpes”.

Por otra parte, suelen tener problemas en las relaciones interpersonales porque pueden ser incapaces de prever las consecuencias de sus actos y por lo tanto hacer cosas que no piensan que van a molestar a la otra persona. Esto pasa especialmente de pequeños, lo que lleva al niño a tener pocos amigos y estar aislado socialmente.

Así mismo, su capacidad para regularse emocionalmente es menor. La regulación emocional va muy ligada al desarrollo de las funciones ejecutivas, por lo que es normal que les cueste mucho reconocer lo que sienten y regularlo de una manera sana.

Consecuencias del TDAH

Además de los “típicos” problemas asociados al TDAH como la impulsividad, los olvidos o los descuidos nos encontramos con efectos que se pueden considerar secundarios a estos.

En los niños suelen aparecer problemas en el ámbito académico, tanto con las notas como con los profesores y compañeros. Son niños que suelen ser calificados de “malos” o “rebeldes” y el resto de personas, incluidos sus padres, los suelen tratar como tal. La relación con los compañeros suele ser mala ya que, debido a la impulsividad, hacen cosas que les pueden molestar a los demás sin ser conscientes de ello, a menudo se pueden preguntar ¿por qué le ha molestado? No sé qué he hecho o por qué se han enfadado. Todo esto lleva al niño a crecer con un sentimiento de inferioridad o de que haya algo malo en él.

Para los adultos el paradero no es mucho mejor, suelen ser personas que han crecido con una mala autoestima debido a lo que hemos comentado sobre la infancia. Así mismo, las relaciones interpersonales son malas, llegando incluso a perder la relación con la familia ya que han sido personas que no se han sentido comprendidas por el entorno.

La etiqueta no te define

Aunque el TDAH puede tener muchas consecuencias y dificultades características, esto no define a la persona ya que la historia de cada uno es completamente diferente. Cómo el entorno haya reaccionado a estas dificultades va a suponer un gran cambio en la vida de la persona.

La terapia para adultos puede suponer un cambio enorme en la vida de la persona, aprendiendo herramientas para gestionar esas dificultades. Cuando eres pequeño, la terapia infanto-juvenil también puede ayudarte a mejorar la atención y las funciones ejecutivas.

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